sábado, 20 de octubre de 2012


Italia en Barranquilla. Año de 1938

En 1815 Italia tenía 17 millones de habitantes, en 1875 ya eran 27 y hacia la mitad de los años treinta del siglo XX la población alcanzó la vertiginosa cifra de 44 millones, más 10 millones por fuera en proceso de migraciones masivas a las que el régimen fascista de Mussolini llamó colonización. La república de Colombia sobre la mitad de la década de los treinta alcanzó los 8 millones de pobladores. A pesar de eso no fue un destino elegido por las grandes corrientes migratorias europeas y asiáticas hacia América. La propia historiografía colombiana ha minimizado el papel que estos hombres y mujeres desempeñaron en el proceso de desarrollo del país. Pero si bien es cierto que no se recibieron migraciones numerosas sobretodo en el interior, muy aislado por dificultad geográfica y mentalidad religiosa, en las ciudades costeras, muy dinámicas y unidas al mundo por los vínculos portuarios, la conexión internacional fue continua. Por ejemplo si nos fijamos en los datos que nos legó el empresario norteamericano Karl C. Parrish a finales de los años cuarenta después de la segunda guerra mundial, funcionaban en su puerto más de 33 navieras de distintas nacionalidades: cinco de Estados Unidos, cuatro colombianas, una de Venezuela, una holandesa, cuatro británicas, cuatro noruegas, una francesa, tres canadienses, tres suecas, dos brasileras, una española y otras cuatro no definidas.



Barranquilla fue una de estas ciudades y a sus sucesivos puertos (Sabanilla, Puerto Colombia y el propio en el río Magdalena) permitieron la llegada de nutridos grupos de inmigrantes. Si bien, las migraciones del interior andino del país cuantitativamente siempre fueron más numerosas, cualitativamente los grupos foráneos impregnaron en mayor grado el desarrollo comercial, educativo y cultural. Comunidades de empresarios norteamericanos, alemanes, italianos o incluso numerosas migraciones de árabes y chinos conformaron un universo cosmopolita y abierto a las influencias cambiantes del siglo XX. No por ello, fue la primera ciudad de Suramérica que tuvo una línea aérea (Scatda), y fue el lugar por donde en Colombia entró la radio, el cine, la fotografía, o se llevó a cabo la primera urbanización planeada de esta parte del continente, el barrio de El Prado.




En este orden de cosas la comunidad italiana jugó un papel destacado en el desarrollo comercial y a pesar de haber sido olvidados por la frágil memoria barranquillera, en principio no fue una migración como la norteamericana o la alemana de grandes capitales. Más bien se trató de obreros especializados que en pocos años aprovechando la importante posición estratégica de Barranquilla lograron tener éxito y lograron acumular un capital con el cual ascendieron social y comercialmente. Poco antes de la segunda guerra mundial el departamento tenía aproximadamente unos 250.000 habitantes de los cuales unos 130.000 vivían en el puerto de Barranquilla, el más pujante en ese entonces a nivel nacional y sobretodo en el litoral Caribe.
El libro Los Italianos en Colombia editado en julio de 1938 en Bogotá por los editores ALIPRANDI & MARTINI, de donde tomamos esta serie de datos, recogía en sus páginas que Barranquilla estaba situada en una zona muy rica en sal, carbón y petróleo, pero que no se explotaban. Que en su región cercana se producía tabaco, cacao, cañas de azúcar, arroz, tagua dividivi, coco y caucho y que la ciudad tenía un potente tejido industrial compuesto por fábricas de harina, pasta de alimentación, chocolate, cerveza, licores, perfumes, jabones, velas de grasa, cerillas, cigarros, botones, vidrio, tejidos hilados y sombreros de pajas.







La aerolínea Scatda unía por medio de la aviación a la costa Caribe con el interior y por el mar había comunicaciones directas para las exportaciones con Panamá, Venezuela y las Antillas e a tutti gli altri paesi americani. El citado documento alaba del mismo modo sus infraestructuras donde destaca sus carreteras, el estadio, iglesias, el acueducto, el mercado cubierto especificandose que en ese entonces era el mejor de la república.
El consulado que representaba al país transalpino en Barranquilla estaba ocupado desde el año de 1931 por el cavaliere Vicenzo Volpe originario de Salerno y exitoso empresario radicado en Barranquilla dedicado junto a su familia a la exportación de pieles, bálsamos, joyas de oro, piedras preciosas, tabaco, amén de una serie de compañías dedicadas a la especulación inmobiliaria y otras a la importación de productos internacionales.

En este orden de cosas y con una comunidad italiana tan notable en los años treinta, fue lógico que el fascio hiciera su presencia, aunque también como trabajadores alimentaron el movimiento obrero desde el otro lado de la ideología política. La foto de portada de la revista representa una reunión del fascio Bernardo Mazzorana que fue fundado en Barraquilla el 10 de agosto de 1923. En 1938 contaba con 120 inscritos y su consejo directivo estaba conformado de la siguiente manera. El secretario era el Dr. Spartaco Mazzanti; secretario administrativo Achile di Napoli; vicecomandante de la G.I.L.E. (Giuventu Italiana Littoro a’ll Estero), Carmelo Catania, dedicado a la propaganda, Michele Alliegro, secretario administrativo después del trabajo, Alberto Puccini, el directorio estuvo integrado por el cónsul Vicenzo Volpe.
La sede se situó en una casa del Murillo entre la carrera Republica y Rosario, estuvo dotada de bibliotecas, salas de lectura, donde había revistas y periódicos en italiano, gimnasio y un bello jardín donde se practicaban juegos de cartas, bolos… etc. En el mismo edificio se estableció la escuela italiana Victorio Enmanuel III, donde en esta época había unos 60 niños de ambos sexos aprendiendo el italiano, donde le enseñaba una profesora llamada Graziella Erculiani, viceinspectora del fascio femenino, enviada de apoyo desde Italia por cuenta de su propio gobierno.



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